Arrancó la campaña electoral


Editorial de Política Obrera


Acaba de arrancar una campaña electoral por demás singular. Las elecciones tienen, por un lado, un ganador certero que podría incluso aumentar la sideral distancia que le sacó al segundo en las internas abiertas recientes. Por otro lado, sin embargo, tienen lugar en medio de una bancarrota económica y social. El gobierno en funciones ha decidido reprogramar los pagos de la deuda pública que vence antes de fin de año en forma unilateral y por decreto, y declarado la intención de renegociar el resto de ella, tanto con los acreedores privados como los oficiales, sin clarificar el tratamiento de la deuda con el FMI, que por un lado es un acreedor privilegiado y por el otro todavía debe desembolsar la última cuota del préstamo que otorgó el año pasado. El paquete entero es de u$s400 mil millones, aproximadamente, incluido un ‘bono centenario’ que vence en 2117. La dimensión de este derrumbe financiero se refleja en que la deuda que se ha dejado de pagar es aquella considerada como “segura” por todos los medios de las finanzas, debido que su vencimiento tenía lugar antes del eventual cambio de gobierno.

Silencio es salud

A este desplome se agrega una circunstancia política excepcional. El candidato que va a ganar la competencia se niega a detallar su programa, es decir las medidas que va a adoptar frente al default una vez que asuma la Presidencia. La campaña electoral será un juego a las escondidas en lo que tiene que ver con el programa. La demanda de Alberto Fernández para “que Macri gobierne” hasta el final del mandato, no justifica que se niegue a dar a conocer su programa, más allá de que ese reclamo sólo puede redundar en más ataques a los trabajadores. De este modo, el candidato de los gobernadores e intendentes del peronismo pide al electorado un cheque en blanco, acompañado por los ‘vaticanos’ y la Cámpora, con el curioso compromiso de que sea lo que haga no será al costo del ‘hambre del pueblo’. Jura que pagará la deuda externa, pero no en qué términos ni tampoco cuál es la alternativa a la que recurrirá en caso de esos términos fueran rechazados. Excusa su sigilo con el argumento de que no debe mostrar las cartas hasta no ver las de los acreedores, pero lo cierto es que se las esconde al electorado mientras envía emisarios que ya han comenzado esas negociaciones con los principales fondos acreedores.

Bancarrota y elecciones

Este proceso confuso ha dado lugar a toda clase de operaciones financieras, judiciales y mediáticas que han acentuado la crisis en desarrollo. De un lado, la deuda cotiza con un descuento del 60% y tasas de interés de hasta el 160%, lo cual podría dar lugar al ingreso de ‘fondos buitres’ que judicializarían una negociación, y del otro se ha acentuado la inflación y la salida de dinero de los bancos, forzando al gobierno de la “libertad económica” a introducir un cepo cambiario. La devaluación del peso no ha cesado, ni tampoco las tasas exorbitantes que paga el Banco Central por su deuda con los bancos, en tanto la crisis industrial se ha intensificado dos años después de su inicio.

Esta situación de conjunto determina un cuadro crítico para la campaña electoral. Ocurre que en lugar de servir como una ocasión apropiada para establecer una tregua de cinco semanas hasta que se consagre el piloto que va encarar la crisis, puede convertirse, como ya se ha convertido, en una oportunidad perfecta para su agravamiento. En primer lugar porque ha agravado la situación de las grandes masas hasta convertirla en desesperante, y con ello una acentuación de la lucha de clases y de la movilización política de fracciones crecientes del activismo obrero, y hasta rebeliones populares (Chubut). Para los explotados, dos meses es ya una eternidad. En segundo término, porque propicia operaciones de desestabilización, como es el caso de la aceleración de las causas judiciales contra el personal del kirchnerismo y la misma ex Presidenta, y también contra los amigos y familiares de Macri. El FMI, por ejemplo, está condicionando la entrega de la última cuota del mega préstamo a concesiones de los candidatos a ganar las elecciones, en especial porque sabe que el programa financiero del gobierno, incluso después de la postergación del pago de gran parte de la deuda de vencimiento inmediato, no cierra sin ella. El desplome financiero de Argentina ha desatado una crisis en el FMI, así como también un mayor conflicto entre la Unión Europea, de un lado, y Trump, del otro, que se proyecta en el enfrentamiento declarado de Bolsonaro contra el kirchnerismo.

Impasse político

La envergadura de la crisis política en tiempo electoral se manifiesta en el impasse en que ha entrado la reprogramación de pagos y el cepo, pues el Congreso se niega a darle categoría de ley, en tanto el gobierno vacila en sacarlo por decreto. Un default en el limbo sería lo que le falta para convertir a esta crisis en la cuadratura del círculo. El peronismo ha dado toda clase de muestras de que apoya la decisión del gobierno, con o sin decreto sólo difiere en que no quiere compartir responsabilidades por el estrago – aunque desde las bancas votó a favor de todos los presupuestos de ajuste impuestos por el FMI. Detrás de las ‘desavenencias’, la ruta del default para salvar el pago de la deuda externa fallida por medio de una renegociación es compartida por oficialismo y la oposición. Debido a este impasse extraordinario, ambos concuerdan es en convertir la campaña electoral en una disputa doctrinaria o una competencia demagógica para evitar que sea un campo de disputa acerca de la bancarrota y el default. Un ejemplo de esto es la campaña que han desatado acerca de una “emergencia alimentaria”, cuya superación es incompatible con la deuda externa, la renegociación, la inflación, las Leliq y la quiebra del Banco Central y la bancarrota capitalista en su conjunto.

El efecto centrífugo de la crisis sobre el conjunto de la dominación política de la burguesía se ha manifestado en los últimos días con el retorno del reclamo de “un gobierno de unión nacional”. Se trata claramente, por sobre todo, de un intento de serruchar la base política de un gobierno de FF. Lo plantea la llamada ala política del macrismo, el grupo de Lavagna y el sector gobernadores del pejotismo. Carrió y la UCR se apartan del proyecto, aunque con finalidades diferentes. Sea como fuere, un gobierno FF será de por sí un “gobierno de coalición”, como insiste la Cámpora para diferenciarse del pejotismo (incluida la burocracia de los sindicatos), pero por sobre todo para justificar por anticipado la “traición” a sus postulados ‘nacionales y populares’ para no ahuyentar a sus aliados del peronismo. La presión de la crisis y del capital financiero, por un lado, y la fragmentación política del peronismo y del régimen político, por el otro, configuran un próximo ‘gobierno débil’, con independencia de lo que crezca la fórmula FF en votos. Después de todo, el derrumbe del pasado gobierno kirchnerista comenzó cuando CFK y Scioli sacaron, en 2011, el 54% de los votos. La fórmula de la ’unión nacional’ es impulsada como el instrumento político de una salida a favor de los explotadores y del régimen político actual.

Constituyente soberana, huelga general

La ‘singularidad’ de esta campaña electoral es que se desarrollará bajo la presión de la crisis en curso. Esto por un lado. Por el otro, bajo la presión de las luchas y de la movilización de las masas. O sea ‘en tiempo real’, no en función de planteos para el próximo período parlamentario. Esta caracterización es el punto de partida para una campaña electoral de la izquierda revolucionaria. La crisis, asimismo, atraviesa el período electoral, se inserta en la ‘transición’ a diciembre, y continúa – agravada –, con el nuevo gobierno. O sea que la campaña electoral de la izquierda debe servir de preparación política de las masas, en especial las que voten a FF, para la fase ulterior.

La ‘coalición’ que se ha visto obligado a formar el kirchnerismo, el ‘doble comando’ de la fórmula AF-CFK y los planteos de “unión nacional”, son el reflejo de la consciencia de una crisis de régimen político que tienen los políticos tradicionales – de la clase capitalista. Esto coloca una disputa política clara en la campaña que se inicia. En oposición a la ‘unión nacional’ cobra fuerza la reivindicación de una Constituyente Soberana, porque opone a un contubernio por arriba para hacer frente a la bancarrota de Argentina, la deliberación, por abajo, de los trabajadores y la mayoría popular, por una salida antagónica a la clase capitalista. Frente a la perspectiva de una votación plebiscitaria a favor de FF, el planteo de Constituyente Soberana debe denunciar las contradicciones de la ‘coalición’ K y las aún mayores de la ‘unidad nacional’ y por sobre todo la intención de armar, por medio de estos recursos políticos, una ‘salida’ por medio de un acuerdo con el gran capital, incluidos los fondos internacionales y el FMI. Una campaña de reivindicaciones obreras, por parte de la izquierda, que no tome posición sobre el régimen político está vacía de contenido. La política frente a esta crisis sin precedente depende del poder político; es en este sentido que la cuestión del poder está planteada en la campaña electoral. Concretamente, la campaña electoral debe ser un apéndice de la agitación política que oponga a los trabajadores al régimen político vigente.

El segundo aspecto fundamental es la cuestión de la lucha por la iniciativa política en la presente crisis. La ‘coalición’ peronista, la ‘unión nacional’ son los instrumentos políticos que se han desarrollado, desde la clase capitalista, para retener la iniciativa política en una crisis que la cuestiona a cada paso. La viabilidad de esos instrumentos deberá pasar por la prueba de los hechos, incluida una posibilidad, en el caso de que fracasen, de que se intente un gobierno bonapartista (poder personal, incluso con apoyo de la burocracia sindical). Una iniciativa política de las masas no puede desarrollarse, en el cuadro actual, a partir de las fuerzas políticas en presencia. Está ligada a un crecimiento de las luchas, como respuesta a la crisis; a la organización que produzcan estas luchas; a la huelga general que está objetivamente inscripta en las luchas en el cuadro extremo de la actual bancarrota económica. La campaña electoral ofrece instrumentos excepcionales para una agitación a favor de la huelga general, por la satisfacción de las reivindicaciones más apremiantes de los trabajadores ocupados y desocupados. Una huelga de masas pondría a la orden del día la convocatoria de una Asamblea Constituyente Soberana. Se entiende por esto una Asamblea que asuma el poder político.

Una campaña política no significa la emisión de ultimátums y recetas políticas, sino una tarea de esclarecimiento, una tarea de comprensión de la situación realmente existente. A partir de esto, una campaña política debe estar seguida por una labor de reclutamiento y de crecimiento de las fuerzas políticas socialistas y revolucionarias. Es necesaria una campaña de pronunciamientos por este programa.

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