Una polarización entre sobrevivientes




Por Jorge Altamira para Política Obrera
Cuando falta poco más de una semana para las Paso, la mayor parte de los sondeos de opinión advierte acerca de una elevada polarización electoral, que se acentuaría de cara a octubre próximo. Lo reconocen incluso aquellos que otorgan una ventaja insuperable para el binomio F-F. Es también, claro, el caballito de batalla de las terceras partes que no tienen la posibilidad de terciar como una opción de gobierno. Sea como fuere, la polarización es una construcción política, no una fatalidad, que es usada como una falsa excusa por parte de quienes quedan fuera de ella. Para citar un ejemplo, Alternativa Federal se desplomó políticamente con bastante anticipación a la polarización en curso. El ‘ménage a trois’ que intentaron Massa, Lavagna y Urtubey fracasó por la incapacidad para urdir un programa que unificara a la burguesía nativa e internacional. 

La polarización 2019 tiene, sin embargo, una singularidad, que algunos analistas ya han señalado, al menos en parte. Ella es, por un lado, la consecuencia del derrumbe de la política del macrismo a partir de inicio del año pasado, cuando la corrida cambiaria destrozó el esquema de financiamiento de la salida de capitales habilitada enseguida después de la asunción del gobierno Macri. La derrota que el macrismo había propinado a los K en octubre de 2017, hizo presumir a muchos una desaparición del kirchnerismo y la reorganización del peronismo sobre otras bases, como se intentó hacerlo desde el Congreso desde la sesión inaugural de 2016. Otros imaginaron, incluso, la fragmentación del peronismo en una liga de gobernadores enfrentada al pejotismo, que marcharía como furgón de cola del macrismo. Al final, todas estas elucubraciones quedaron fulminadas por una mega salida de capitales, una mega devaluación, una mega crisis industrial y una mega poda de los salarios y las jubilaciones. Políticamente, esta debacle se tradujo en la mega crisis del macrismo y en la posibilidad de una renuncia del gobierno o la descalificación de Macri para la carrera presidencial. Ahora, según algunas encuestas interesadas aseguran que el macrismo tiene vida después de las Paso, debido a una ‘estabilidad cambiaria’ ficticia, que transcurre en medio de un drenaje constante de divisas.

La debacle del macrismo sacó al kirchnerismo del coma inducido. “Hay 2019” sonó como un suspiro antes que como una consigna. Un relato completo debe admitir que algunos K descontaban su regreso a la política como consecuencia del estallido de una crisis financiera en un plazo no lejano. Los infortunios del capitalismo devolvieron actualidad electoral al kirchnerismo, en calidad de recurso de emergencia. Ahora, sin embargo, incluso C5N advierte que la intención de voto para el macrismo ha subido, lo cual atribuye al profesionalismo de Durán Barba y equipo. La resurrección del kirchnerismo ha venido acompañada de una resurrección del macrismo. Dos resucitados forman una polarización y, al menor descuido, podrían llegar a pergeñar una coalición. Menem lo hizo, en su momento, con Bunge Born y Alsogaray. Para no ir tan atrás en el tiempo, CFK concluyó fumando una pipa de paz con su ex jefe de gabinete, Alberto Fernández, que encima había llamado a votar en blanco en 2015. Lo que devolvió la vida – ahora- al macrismo, no fueron tanto ‘el dólar’ o el FMI sino la inclaudicable política kirchnerista de ‘paz social’, para que la bronca de las masas se encauce, o sea se esterilice, por la vía electoral. CFK se escondió detrás de los pantalones de su ex servidor para evitar liderar movilizaciones populares contra el gobierno y el FMI. La burocracia de los sindicatos la secundó junto a todo el aparato pejotista. Sustituyó la posibilidad de noquear al gobierno, por una modesta victoria por puntos, que podría convertirse en un ‘draw’ o empate por accidente. El rol del bloque que hoy apoya la fórmula F-F fue crear las condiciones políticas para que el programa del FMI pudiera funcionar al margen de sus propias contradicciones insalvables. Así llegamos a una polarización de base precarísima entre dos sobrevivientes. Las consecuencias de esta realidad ‘líquida’ se verán en poco tiempo.

Quienes, sin duda, han abrazado la excusa de la polarización son el FIT-U y el oficialismo del PO. El pretexto de la polarización los ha llevado a pronosticar una votación modesta para la izquierda – la que resultaría de los restos que dejen los votos de todos los demás. De modo que no capitaliza el mayor derrumbe social y político de la historia y el hundimiento de las condiciones de vida de las grandes masas y la pauperización de la clase media. No capitaliza el fracaso ‘en tándem’ del peronismo y el gorilismo, ni la colusión entre ambos en el Congreso y las gobernaciones en los últimos cuatro años. La polarización en escena es el resultado de las políticas de unos y otros de los protagonistas políticos. 

En estas condiciones, queda todavía más claro de lo que ya era, el planteo de la actual Tendencia del PO, cuando señaló, en 2018, la necesidad de una campaña de agitación política con la consigna Fuera Macri, por una Constituyente Soberana, por un Gobierno de Trabajadores. El hierro hay que trabajarlo cuando está caliente – cuando la crisis capitalista fulmina las condiciones de vida del mundo del trabajo y sacude a los gobiernos y las estructuras del Estado. Ninguna agitación política se fundamenta en la obtención de resultados inmediatos sino en la pertinencia histórica de sus planteos para desarrollar la consciencia de la vanguardia de la clase obrera y del conjunto de los trabajadores. Aunque el FIT-U incorporó la reivindicación de una Constituyente Soberana, ciertamente de un modo ambiguo, no ocupa ningún lugar en la presente campaña electoral, donde el sojuzgamiento económico y político del FMI plantea una cuestión de poder. 

Los planteos de Alberto Fernández, por un lado, y del entorno macrista, por el otro, de estatizar la deuda impagable del Banco Central con los bancos, plantea desde ya una crisis de poder apenas disimulada por las mentiras electorales. AF propone reemplazar las Leliq por un bono estatal de largo plazo, en tanto que el séquito macrista insiste en cancelar las Leliq con un pago en dólares, que provendrían de una nueva deuda pública. Esto se haría mediante la colocación de las Letras Intransferibles en poder del Banco Central (una deuda del estado con los bancos, más de u$s50 mil millones), en el mercado financiero. Las amenazas de ‘reformas’ laborales, previsionales y tributarias constituyen un llamado a la guerra de clases contra los trabajadores. Las elecciones no cancelan la crisis de poder en desarrollo e incluso pueden acentuarla, cuando se manifieste la insatisfacción general con sus resultados

La polarización entre sobrevivientes, por un lado, y la crisis de dirección de la clase obrero, por el otro, conforman un precario impasse político, condenado a sucumbir por la bomba de explosión retardada que representa la bancarrota y la creciente intolerancia de las masas con la situación sin salida que les ofrece el capitalismo.

Jorge Altamira

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