El "vacío de poder" del FMI y sus consecuencias




¿Pronunciaron o no los miembros de la delegación del FMI el fatídico “vacío de poder” que les adjudicaron los asesores económicos de Alberto Fernández en la reunión que mantuvieron ayer, 26 de agosto?

En cierto modo la autenticidad de la versión es un asunto secundario - “se non é vero é ben trovato’. Después de todo es lógico que el FMI haya respondido de ese modo a quienes vienen insistiendo en que el gobierno tome las decisiones que le caben y no la oposición que aún debe esperar hasta el final de octubre para considerarse electa.

No es que exista un ‘vacío de poder’, por aquello de que “la política, como la naturaleza, tiene horror al vacío”. Las burocracias del Estado, administrativas o militarizadas, siguen funcionando. Lo que hay es un impasse político enorme, con cuatro protagonistas que se neutralizan recíprocamente: el gobierno, que no puede seguir con una política agotada desde hace más de un año; el kirchnerismo, que no puede poner fin al gobierno impotente porque ello requeriría una movilización de masas que no quiere y que tendría un carácter histórico; el FMI, que ha perdido su capacidad de imponer el ajuste y el pago de la deuda por medio del gobierno oficial que le sirve como oficina semi-colonial; las masas trabajadoras, que el gobierno no puede derrotar pero que están afectadas por una fuerte desorientación política y por una crisis de dirección sin precedentes. No falta quienes vean en esta bomba de tiempo “una transición ordenada” - un deseo que el FMI por ahora ve lejano.

La controversia de días recientes entre ‘reestructuración’ y ‘refinanciamiento’ de la deuda carece de vigencia: la deuda argentina cotiza a nivel de ‘default’, porque ningún plan económico garantiza el pago de la deuda, cualesquiera sean las quitas que sufra o los plazos que alarguen su vencimiento. El incentivo de una renegociación de deuda, o sea que emerjan nuevos recursos financieros, no aparece en el horizonte. Ni la ‘refinanciación’ ni una quita resuelve la crisis de financiamiento de la industria en cuadro de derrumbe. Una salida ‘más barata’, como sería recomprar deuda que cotiza por debajo de los cincuenta centavos, es permitida o tolerada o apoyada por las organizaciones internacionales de créditos, o los bancos. A esto hay que añadir la cuestión del desmantelamiento de las Leliq, porque un default con los bancos llevaría a una hiperinflación y a la dolarización. La superación de estas contradicciones en el marco capitalista, entrañaría ajustes y catástrofes mayores.

Macri teme (¿o desea?) un derrumbe en breve, ante la posibilidad de que los acreedores no renueven la deuda que vence a cortísimo plazo. Es lo que podría ocurrir con mayor probabilidad vistas las altas tasas de interés que reclaman los ‘inversores’ por ese tipo de títulos. Las vacilaciones del FMI en asegurar la entrega del último tramo del préstamo de rescate dejan ver que sus autoridades y Trump podrían jugar ellos la carta del default, con la finalidad de ejercer una extorsión política sobre los protagonistas. El peligro es que detone una crisis financiera internacional, en especial cuando China asiste a una fuga aún incipiente de capitales. Si no precipita ese default, al Fondo no le queda sino entregar el último paquete de dinero y probar que Alberto tiene razón cuando denuncia que la plata del FMI no financia el pago de la deuda ni el déficit fiscal sino la fuga de dólares. Salir de la huida de los ‘inversores’ que tienen bonos de vencimiento inminente, por medio de una mayor entrega de dinero de parte del Fondo, desataría con certeza una crisis política mayúscula a siete semanas de las elecciones generales.

La posición en que se encuentra Alberto Fernández no es menos crítica que la de Macri. Las contradicciones del kirchnerismo son explosivas, pues ha sido él quien ha insistido (e incluso insiste) en que la crisis debe ser resuelta por el gobierno y el FMI. Es lo que han venido haciendo uno y otro. Ahora los critica por suspender el IVA a algunos productos de la canasta básica y el congelamiento de los combustibles hasta fin de año, porque ello sería un golpe a las finanzas del próximo gobierno. Lo mismo ocurre en el plano financiero cuando pide que no se ‘malgasten reservas’, por un lado, y que el dólar no supere los sesenta pesos, por el otro, mientras las reservas caen en forma sistemática y la oferta de dólares de la exportación ha cesado. Los albertistas no esconden que su oposición al congelamiento de tarifas de combustibles está directamente asociado a la defensa de los intereses de las petroleras de Vaca Muerta – que es vista, junto a la minería, como una salida a la crisis, sin reparar la contradicción que significa esto por el programa ‘mercado internista’ del progresismo nacional y popular.

Alberto Fernández, a diferencia de Menem en 1989, no encabeza una conspiración para acabar con Macri, como el riojano con Alfonsín – o Duhalde con De la Rua. El FMI desearía que ponga su firma a un nuevo acuerdo, como Lula lo hizo con Cardoso y el candidato de éste, José Serra, a finales de 2002. Lula, sin embargo, había obtenido un cheque en blanco para hacer esto seis meses antes, cuando el Congreso del PT votó a favor de “tragar sapos” (palabras de Lula) para llegar al gobierno. Como esto tampoco alcanzó, ya como presidente llegó a un acuerdo especial con el Citigroup (Financial Times, 24.6.2004). En cualquier caso, hacer la de Lula antes de las elecciones sería para los F-F una operación peligrosa, que en primer lugar haría saltar por los aires la coalición kirchnerista. Más allá de la ‘transición’ a diciembre, F-F no tienen un plan de gobierno que empalme con un acuerdo con el FMI y las grandes potencias capitalistas. En los ‘90 empezaba la ‘globalización’ que ahora se encuentra en completa agonía.

El escenario político a Octubre ha cambiado de un modo sustancial: lo que hasta las Paso se presentaba como una ‘competencia’ entre alternativas, ahora es la convocatoria a un plebiscito, en un cuadro de emergencia – una suerte de plenos poderes para el electo. No se discuten más (como ya no venía ocurriendo) ‘propuestas’ o ‘programas’, porque nadie puede comprometerse con ningún ‘programa’ y ‘ninguna propuesta’. Se trata de gobernar encima de una crisis que renovará a cada paso las opciones y alternativas. Si la crisis política estalla antes de Octubre, el Congreso se verá obligado a elegir un gobierno interino, que para mayor solidez podría encabezar el propio Fernández, sin que se considere, claro, a esas semanas de gobierno un primer mandato.

Es obvio que los trabajadores siguen la crisis observando las peripecias de la fórmula F-F. Una alternativa propia, por incipiente que ella sea, todavía debe ser construida. Al mismo tiempo, sin embargo, se encuentran azotados por un derrumbe económico que todavía podrá ser mayor. Estos golpes económicos son, para los trabajadores, el problema político fundamental del momento. Debido al impasse de la situación en su conjunto, ni Macri ni F-F pueden tomar iniciativas relevantes en torno a esto. Esto es lo que ha probados las medidas ‘populistas’ recientes. La CGT también carece de capacidad de acción, incluso cuando los conflictos y las luchas se han acentuado después de las Paso. Es generalizado el reclamo de aumentos de salarios, aplicación de cláusulas de indexación, bonos de emergencia, convocatoria de paritarias. En este cuadro, la pertinencia de una agitación por la huelga general es muy clara, porque encara la lucha concretamente contra la violencia del capital, y porque es al mismo tiempo un arma política para intervenir en el escenario del conjunto de la crisis. Es que, en definitiva, lo que paraliza un acuerdos entre los actores capitalistas es que no contemplan ni remotamente una salida para el desplome que han sufrido las condiciones de ingresos y de vida de las masas en su conjunto.

Fuera de la huelga general, no existe ninguna consigna de conjunto que abarque la crisis. La iniciativa de ella partirá de abajo – no hay ninguna posibilidad de que la burocracia lo haga desde arriba en plena transición ‘albertista’. La perspectiva es que se multipliquen las luchas actuales y la coordinación de esas luchas – mucho dependerá de la marcha de la crisis política, que se verá acelerada por el incremento de la presión social.

La crisis de Argentina, por un lado, y el desafío que ella representa para la vanguardia de los trabajadores, explican la crisis política que se desarrolla en el Partido Obrero. Se han confirmado todas las previsiones de la Tendencia que ha surgido en el PO y la vigencia sin precedentes de sus consignas de conjunto y de su política y táctica. La política electoralista del FIT-U no tiene destino, como se percibe cada vez más – es funcional a que la izquierda deje pasar una etapa histórica excepcional.

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