La crisis en el Partido Obrero y la encrucijada de la IV Internacional (II)

PARTE II
Por Osvaldo Coggiola

Los planteos de la fracción serían, así, irrelevantes; aun así, contradictoriamente, la dirección los discute hasta la saciedad, llenando páginas y páginas, de manera puramente negativa, o sea, sin hacer un planteo superador, sino llegando siempre a la misma conclusión; Altamira es la fuente de todos los males, pasados, presentes y futuros, concediéndole así, como en el negativo de una foto imaginaria, la importancia que la dirección supone que le otorgue la fracción, en cuyos documentos las referencias a Altamira son incidentales. De te fabula narratur (Horacio, después de describir la hediondez del avaro [Sátiras 1, 1-69]). En medio a tantas puteadas y acusaciones de carácter subjetivo, aparecen cosas interesantes: “Trotsky tuvo sobre sus espaldas el combate contra Stalin y su régimen y lo hizo con el cuidado y la precaución de que no fuera usado por los enemigos contra la clase obrera y en particular la Revolución Rusa del 17”.

¿Se puede saber de dónde sacaron eso? ¿En qué lugar Trotsky recomienda “guante blanco”, por cualquier motivo que fuese, contra el Caín-Stalin (“¡Abajo la camarilla del Caín-Stalin!” dice el Programa de Transición, sin agregar nada de tipo “pero cuidado con fulano o beltrano”, o “tomando la precaución de no hacerle el juego al imperialismo”)? En su última obra (“En Defensa del Marxismo”, que da su nombre a la revista del PO) Trotsky cagó a puteadas a los que le recomendaban “precaución”, que no testimoniase contra Stalin en un tribunal (la “Comisión Dewey”) compuesto, en buena parte, por norte-americanos, y con sede en los EEUU. Liborio Justo llegó a acusarlo de ponerse al servicio del imperialismo yanqui, en el título de un libro suyo, con base en ese y otros hechos (llegó a putear al SWP, partido trotskista, por solicitar autorización para que los restos de Trotsky fuesen velados en Nueva York, o sea, que Trotsky sería un agente imperialista post-mortem, cosa que ni James Bond hubiera conseguido). La suprema estupidez arriba citada (suprema porque escrita sabiendo lo que Trotsky no supo cabalmente, que la “prisión de los pueblos” estalinista se irguió sobre decenas de millones de muertos) está en un párrafo dedicado, significativamente, al “aparato” del partido (o de los partidos), que tendrían que ser tratados con “precaución”: “Un aparato (y su ideología) no se crean de la noche a la mañana, no surgen por la decisión de un grupo, requieren de condiciones especiales, políticas y materiales. En la supuesta advertencia sobre la aparición de una ideología de aparato, Altamira no ofrece una caracterización, un desarrollo, que permitan a la militancia del partido juzgar los alcances de tamaña afirmación”.

Bueno, en ese caso Trotsky y “los 46” dirigentes bolcheviques (no fue sólo Trotsky, nunca está demás insistir) no tendrían que haber lanzado públicamente (muy públicamente) la Oposición (Fracción) de Izquierda, porque tampoco hicieron nada parecido. Se contrapusieron a una política (conciliación con los kulaki y los nepmen, la “pequeña y media empresa”, ausencia de un plan de industrialización para desarrollar las fuerzas productivas y reforzar la base obrera del régimen social y político) y a los métodos con que se la impulsaba (burocratismo, privilegios de aparato y ausencia de democracia obrera) propusieron un programa y se lanzaron a la lucha, sin prejuzgar ni anticipar sus resultados. Las caracterizaciones que permitieron (nunca definitivamente) “juzgar los alcances de tamañas afirmaciones” fueron surgiendo en el transcurso de la lucha, que nunca es ciega: la Oposición de Izquierda es de 1923, “La Revolución Traicionada”, de 1936. En el medio de esas fechas, Trotsky no se quedó de brazos cruzados (por eso Stalin lo mató, si no lo hubiera ignorado, como a un intelectual políticamente frustrado).

"Con el oído pegado a las masas"

El CN acusa a la fracción (bueno, a Altamira, la fracción no existe) de, al igual que Guillermo Lora, ignorar los estados de consciencia de las masas (que la dirección juzga conocer a la perfección, un argumento que se las trae) y plantear siempre la “dictadura del proletariado”, sin más ni menos. Un momentito, por favor, Lora no era tan pelotudo: de nuevo, de te fabula narratur. Lora (el POR) impulsó e hizo aprobar las Tesis de Pulacayo, en 1946, un programa transitorio hacia la toma del poder, en un momento de victoria de la contrarrevolución (a través del golpe de la “rosca”, que inauguró el “sexenio”, inmediatamente anterior al Congreso de la FSTMB que aprobó las tesis). Preparó, con eso, la intervención del proletariado y del POR en la revolución por venir, que estalló en 1952 (sobre los problemas de esa intervención, que no concluyó en la revolución obrera, ver “La Revolución Boliviana”, del propio Lora, y los artículos de Pablo Rieznik en EDM). Y preparó, de inmediato, la intervención electoral del POR y del movimiento obrero, que se concretó en la lista del POR/Federación Minera y en el Bloque Minero/Parlamentario (Lora fue elegido senador), que marcó la historia y la consciencia del movimiento obrero boliviano: como lo demostramos (¡tantos artículos! No estoy hablando de mí) en EDM, el montaje de la coalición y la ideología que llevó al gobierno a Evo Morales fue una larga polémica explícita con la “herencia porista”, en nombre de la autogestión y del indigenismo. El POR (en 1946) ignoró cualquier supuesta contradicción entre agitación revolucionaria e intervención electoral.

En la evolución (degeneración) ulterior del POR, lo de “revolución y dictadura proletarias” no tuvo que ver con que Lora se hubiera transformado en un conferencista al margen de la política concreta (¡el POR llegó a organizar fracciones en el ejército y la policía!) sino a que el “el POR se transformó en una secta nacionalista”, como lo demostró Juan Pablo Bacherer y su “fracción pública” del POR, en un artículo publicado en EDM exactamente con ese título, que reflejó y sacó las conclusiones de su lucha política en el POR, que no tuvo nada que ver con acusar a Lora de ser un boludo al margen del tiempo y del espacio (o de la “evolución de la consciencia de las masas”), sino con su nacional-trotskismo, que terminó en el nacionalismo a secas (llegó a defender la producción y exportación de cocaína – la dirección del PO ¿oyó hablar del “paco”? – y a teorizar “la excepcionalidad (positiva) del ejército boliviano”, ejem, no sé si me entienden). Los presupuestos teóricos de esa evolución los analizó Pablo (Rieznik), en charlas por ocasión de la actividad del PO por los 50 años de la IV Internacional, publicadas bajo la forma de artículos en EDM. Ignorando toda esa lucha teórica y política, dos miembros de la dirección afirman ahora que el problema del POR fue que “Lora decidió reemplazar al Programa de Transición y su método político por el llamado a las masas a que se eleven al programa revolucionario, condenando al POR a la pasividad”, presentando una (muy parcial y deformada) consecuencia como causa, y limitando la crítica al POR a que no se presentase en elecciones (hasta García Linera, el vice de Evo, hizo mucho más). El problema es que la actual dirección del PO no lee “En Defensa del Marxismo”.

En el texto nacional-autoproclamado citado arriba (donde se afirma que “el Partido Obrero (se) distingue de otras organizaciones que se reclaman de la IV Internacional e incluso de la izquierda radical, tanto en la Argentina como a nivel internacional”, o sea, es único en el mundo), publicado como editorial de Prensa Obrera, Gabriel Solano y Rafael Santos buscaron dar estatuto teórico a las divergencias (admitiendo así, sin quererlo, que existen divergencias teóricas y programáticas, lo que se esfuerzan también, como vimos, en soslayar, para negar el derecho de fracción) afirmando lo siguiente: “(En los planteos de la fracción) la lucha de clases real era sacrificada y se invertía los términos fundamentales del marxismo: el motor de la sociedad dejaba de ser la lucha de clases y ese lugar lo ocupaba la ‘crisis capitalista’. El sujeto se transformaba en objeto pasivo de la determinación material. El grupo de Altamira pretendió encubrir esta ruptura con el marxismo… Si el sujeto pasa a ser la ‘crisis’ y no las clases en la lucha que desarrollan entre sí, entonces qué importancia tiene analizar el estado de situación del movimiento obrero y su vanguardia (cuya ausencia es) fatalismo y mecanicismo en su concepción más pura”. Personalismo, fatalismo, mecanicismo, los pecados no terminan: el uso de los verbos en tiempo pasado pretende extender un certificado de defunción (a la fracción).

Lucha de clases, y el caracter de clase del estado

Muy bien, empecemos entonces por recordar los inicios del Manifiesto Comunista: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases… La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas. Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”.

Bajo el capitalismo, las contradicciones de clase (y la lucha de clases que es su consecuencia) se encuentran materialmente (si, materialmente) determinadas por las contradicciones del modo de producción, o sea, la contradicción (común a todas las sociedades humanas) entre el desarrollo de las fuerza productivas sociales y las relaciones de producción imperantes, que bajo el capitalismo, modo de producción que consiste, en primer lugar, en libertar a las fuerzas productivas de todo obstáculo extraeconómico, llega al paroxismo, como contradicción entre el carácter cada vez más social de la producción y el carácter cada vez más privado de la apropiación del sobreproducto, cada vez mayor. Ese proceso (en las palabras de Marx, “el modo de producción del capital es la contradicción en proceso”) crea las condiciones específicas de la lucha de clases bajo el capitalismo, primer modo de producción histórico tendencialmente universal, primero también a crear, por ese motivo, las condiciones materiales (sí, materiales) para una emancipación igualmente universal: a diferencia de las clases oprimidas y explotadas que le precedieron, el proletariado no puede emanciparse sin proceder a la emancipación de toda la sociedad (incluidas todas las clases oprimidas), lo que conduce a la sociedad sin clases sociales y sin Estado (comunismo).

El siervo de la gleba se emancipó (o fue emancipado, dependiendo de cada caso) sin emancipar a las otras clases explotadas, y lo hizo (o se lo hicieron), en general, creando las condiciones para la explotación capitalista. La emancipación del proletariado, y la transición hacia el comunismo, claro, no será realizada de un solo golpe, conocerá diversas etapas, dependientes del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas sociales: de ahí la paradoja apuntada por Trotsky, de que el proletariado de los países atrasados puede llegar antes (debido al carácter más agudo de sus contradicciones materiales) al poder, en relación al de los países avanzados, pero llegará después al comunismo, en un proceso de alcance mundial, que la revolución proletaria vinculará cada vez más entre sus partes: “Es que considera usted que Rusia está bastante madura para una revolución socialista? [...]. Y yo les contestaba invariablemente: — No, pero sí lo está la economía mundial en su conjunto y, sobre todo, la europea. ¿La dictadura del proletariado en Rusia nos va a llevar o no al socialismo? ¿A qué ritmos y con qué etapas? Todo esto depende del futuro de la economía europea y mundial” (Trotsky).

Condiciones objetivas y lucha de clases

¿Qué viene primero, las contradicciones objetivas del capitalismo o la lucha de clases? No es la discusión sobre el huevo y la gallina. O mejor, si lo es, si se da la respuesta correcta al problema del huevo y la gallina. Históricamente, la lucha de clases viene antes porque “toda la historia de la sociedad humana es una historia de luchas de clases”. Ninguna lucha de clases, no obstante, se produce en el vacío, sino en las condiciones materiales creadas por el desarrollo de las fuerzas productivas sociales. En la era de la decadencia capitalista, los embates de clase se proyectan, más directamente que en las etapas precedentes, en la arena política, y tienden a transformarse, más agudamente, en luchas en las que está en juego el poder político. La crisis económica capitalista no es aleatoria, es la expresión más aguda y concentrada de las contradicciones capitalistas, pudiendo o no abrir la vía para la revolución socialista (lo que depende de la consciencia y organización del proletariado). Si el capitalismo no tuviera (o suprimiese) sus contradicciones objetivas y materiales (lo que es imposible), la lucha de clases no existiría (el proletariado sería “integrado”) o se resumiría a la “puja redistributiva” de Alfonsín-Portantiero, sin plantear la cuestión del poder. Según el documento de la “fracción pública”, “el argumento de que un planteo de poder está condicionado por el estado de las masas, con independencia de la situación en su conjunto, vale desde el punto de vista táctico”, o sea, la oportunidad o no de lanzar consignas destinadas a la conquista más o menos inmediata del poder.

A eses fenómenos obedece el Programa de Transición, cuyo instrumento es el “sistema de consignas” (pero no se limita a él, pues es un método, no un “sistema”) conduciendo, invariablemente a la lucha por el poder; ese programa sólo podría haber sido formulado, como programa, en la era de la decadencia capitalista, aunque fuese antevisto por revolucionarios de las eras precedentes (como Marx, Engels o Blanqui), del mismo modo que sólo en esa era la revolución permanente pudo ser formulada como teoría, y no sólo como idea, como lo fue para Saint-Just, Blanqui, Cabet, Marx, Engels, Parvus o hasta Kautsky (en 1902, “El Camino del Poder”). Teoría, recordemos, es la capacidad para comprender la realidad por fuera de la experiencia sensible, a partir de la asimilación de experiencias y su descripción por medio del lenguaje, estableciendo intelectualmente tendencias y leyes objetivas (independientes de la consciencia). Una teoría es un sistema lógico que se establece a partir de observaciones, axiomas y postulados, y persigue el propósito de afirmar bajo qué condiciones se llevarán a cabo ciertos supuestos.

El planteo de Santos/Solano, contraponiendo lucha de clases y determinación material (o “crisis”, que no es sino la expresión aguda de las contradicciones materiales), y concediendo primacía a la primera contra la segunda, por lo tanto, no tiene pies ni cabeza, desde el punto de vista teórico. Lo que cabe es analizar la interpenetración dialéctica entre una y otra, eso es el marxismo (materialismo histórico o dialéctico). El planteo tiene, sí, sentido desde el punto de vista político. Al contraponer el “estado de consciencia” de las masas a las contradicciones objetivas, dando a aquellas la primacía, no sólo se invierte la primer proposición de la teoría marxista (el ser social determina la consciencia, y no lo contrario), sino que la primera (consciencia) pasa a tener un desarrollo independiente de la segunda, por lo tanto aleatorio, y también determinante. El programa, de ese modo, pasa a ser determinado por un factor subjetivo y materialmente (científica o teóricamente) indeterminado. No depende, por lo tanto, de la comprensión de las contradicciones objetivas del capitalismo por la clase obrera, en primer lugar por su vanguardia, sino de la interpretación de “la consciencia”, sus giros y posibilidades, por personas dotadas de poderes especiales o clarividencia, tal vez sólo una persona, tal vez un “guía genial de los pueblos”. El idealismo subjetivo no tiene consistencia teórica, pero, políticamente, es una de las bases del stalinismo y del nazismo.

El ¿Qué hacer?

Todo esto es materia de discusión. ¿Cómo discutir, militando al mismo tiempo unificadamente por la emancipación de la clase obrera? El centralismo democrático, desarrollado por Lenin en ¿Qué Hacer?, planteó una respuesta, no eterna e inmutable, en las condiciones rusas de inicios del siglo XX, que eran autocráticas y represivas (diferentes, por lo tanto, de las condiciones más o menos democráticas existentes en Europa occidental) y también explosivas, debido al desarrollo explosivo, objetivo (número y concentración) y subjetivo (huelgas, actividad independiente), del proletariado. ¿Qué Hacer? no definió, como se suele creer, al bolchevismo, pues es anterior al surgimiento de esa fracción (el bolchevismo fue inicialmente una fracción, dividido frecuentemente en fracciones internas, desde su nacimiento en 1903 hasta 1917, cuando se transformó en Partido Comunista). Ese texto resumió una década de combate político del socialismo ruso, por la organización obrera políticamente independiente, contra el “economicismo” (reformista y enemigo de la actividad política independiente de la clase obrera) y el “marxismo legal” (o “liberal”), que proponía una transformación capitalista y concluyó como una variante del liberalismo burgués.

¿Qué Hacer? era un patrimonio de todo el socialismo (socialdemocracia) ruso cuando se reunió el congreso del POSDR que testimonió el surgimiento de las fracciones bolchevique y menchevique. Las polémicas que suscitó (con Rosa Luxemburgo, con Trotsky, en la socialdemocracia rusa) llevaron, doce años después de su publicación, a Lenin a combatir la tendencia a situar sus conclusiones fuera del tiempo y del espacio. Como se sabe, bajo el stalinismo esas conclusiones, formalizadas en una suerte de “modelo universal e invariable” (algo que a Lenin ni le pasó por la cabeza en ¿Qué Hacer?) se transformaron en una monstruosidad que sirvió (junto a la revivida teoría de la revolución por etapas y a la política de Frentes Populares) a la castración política del proletariado mundial, a la victoria del nazismo y del franquismo, a la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Ella fue anticipada por Stalin en 1924: “La existencia de fracciones es incompatible con la unidad del Partido y con su férrea disciplina. No creo que sea necesario demostrar que la existencia de fracciones lleva a la existencia de diversos organismos centrales y que la existencia de diversas organismos centrales significa la ausencia de un organismo central común en el Partido, el quebrantamiento de la unidad de voluntad, el debilitamiento y la descomposición de la disciplina, el debilitamiento y la descomposición de la dictadura” (Cuestiones del Leninismo).

A lo que Trotsky respondió: “La doctrina actual que proclama la incompatibilidad del bolchevismo con la existencia de fracciones está en desacuerdo con los hechos. Es un mito de la decadencia. La historia del bolchevismo es en realidad la de la lucha de las fracciones. ¿Y cómo un organismo que se propone cambiar el mundo y reúne bajo sus banderas a negadores, rebeldes y combatientes temerarios, podría vivir y crecer sin conflictos ideológicos, sin agrupaciones, sin formaciones fraccionales temporales? La clarividencia de la dirección del partido logró muchas veces atenuar y abreviar las luchas fraccionales, pero no pudo hacer más. El Comité Central se apoyaba en esta base efervescente y de ahí sacaba la audacia para decidir y ordenar. La justeza manifiesta de sus opiniones en todas las etapas críticas le confería una alta autoridad, precioso capital moral del centralismo” (La Revolución Traicionada).

Estatutos y centralismo democrático

La fracción pública del PO defendió en su documento constitutivo que “el centralismo democrático es la actividad colectiva del partido bajo la dirección política del Comité Nacional y el Congreso – no la supresión de ella bajo el bastón de mando del Comité Ejecutivo”. ¿Cuál fue la respuesta de la dirección del PO?: “El grupo de Altamira se ha autoproclamado ‘fracción pública’ para actuar como un partido propio, desarrollando hacia fuera de la organización sus propios planteos y actividades. Pero nuestro Estatuto no habilita tal ‘fracción pública’ por una cuestión estratégica y no disciplinaria, que tiene que ver con la defensa de la unidad de acción de Partido. Un principio innegociable, que proyecta al interior de la organización la defensa del frente único de clase. Por otro lado, la diferencia entre una fracción y una organización separada es el reconocimiento obligatorio para la fracción del congreso y el Comité Nacional que el congreso elige, algo que el grupo de Altamira se ha negado a hacer”.

O sea, una respuesta 100% estatutaria. El “frente único de clase”, que es el resultado de una lucha política en el interior de la clase, entre opiniones y tendencias diversas, es propuesto como presupuesto: el carro delante de los caballos. El bolchevismo tendría que haber expulsado a Lenin (o mejor, declarado que se había autoexcluído del partido) cuando pronunció su famoso discurso en la estación Finlandia en medio de la revolución democrática de febrero de 1917, contrario a la línea política conciliadora del Partido; al día siguiente, la embarró más, publicando (esto es, dirigiendo al público) las “Tesis de Abril”, que sólo obtuvieron un voto en el CC bolchevique (el del propio Lenin). Si Lenin hubiera actuado con el “criterio Santos/Solano”, se habría tenido que callar y aceptar la línea mayoritaria hasta el próximo congreso (y la Revolución de Octubre no hubiera acontecido). En las semanas siguientes, la empeoró todavía más, armando una “fracción pública” con un “elemento hostil” (no bolchevique) llamado Trotsky (algunos bolcheviques lo acusaron de haberse vuelto trotskista), puteando en el camino, muy públicamente, a varios dirigentes bolcheviques. Así es la vida, que no es regida por un estatuto, ni por un “modelo”.

Claro que ni a Lenin ni a Trotsky (o a un montón de otras personas inteligentes) se les ocurrió proponer un “modelo” calcado en esos acontecimientos; subrayaron, sí, las cuestiones de método implicadas en cada cambio o circunstancia. El historiador Alexander Rabinowitch, en su clásico The Bolsheviks Come to Power (The revolution of 1917 in Petrograd) comenta (con mucho fundamento empírico) que el centralismo bolchevique prácticamente fue por los aires en el período insurreccional, cuando un partido de un cuarto de millón de miembros se lanzó a derribar a la burguesía y su “gobierno provisional” en el más grande país del planeta (¿hubiera podido ser de otro modo?). El ejemplo más clásicamente citado, el de la polémica pública Lenin vs. Zinoviev/Kamenev sobre la insurrección, después de la decisión del CC bolchevique en favor de ella, es el peor de todos. Pues Zinoviev/Kamenev, miembros del CC, se opusieron públicamente a la insurrección (en el periódico de Máximo Gorki), cuando ella ya había sido votada por el partido y estaba en plena preparación; Lenin no sólo los criticó, sino que propuso que fuesen expulsados del partido, pero no (como aparentemente hubieran hecho Santos/Solano) por “desconocer el Estatuto” (escrito con mayúscula, como Dios), ni por “violar el centralismo democrático” (una acusación que nadie hubiera entendido, ni siquiera los bolcheviques), sino por “carneros” (esa la entendió todo el mundo). El CC bolchevique no acogió la propuesta de Lenin, por consideraciones de naturaleza política, no estatutaria.

Las fracciones en el movimiento obrero

Veamos la cuestión de las fracciones en el movimiento obrero, y sus polémicas, dentro de un panorama más amplio. Diversos compañeros apuntaron el papel imprescindible de la lucha de fracciones en la historia del movimiento obrero revolucionario, refiriéndose en especial a las fracciones en el socialismo y el comunismo ruso. El PT uruguayo subrayó: “En nuestra tradición, va de suyo que una fracción se dirige abiertamente a la clase obrera y no es un mero agrupamiento de cara a un congreso. ¿O acaso la Liga Espartaco de Luxemburgo-Liebknecth-Mehring-Zetkin no era una fracción pública? No hablemos de la fracción bolchevique en los períodos en que la socialdemocracia rusa estaba unificada. La Oposición de Izquierda de Trotsky no se proclamaba como partido, era apenas una fracción no reconocida, perseguida y reprimida por el aparato estalinista, que se dirigía a la clase obrera. Sorprende, por ello, tanto énfasis en contra de una fracción ‘pública’, dado que la existencia de fracciones se produce precisamente cuando las diferencias políticas y metodológicas han superado los marcos ‘normales’ del funcionamiento partidario. ¡Las fracciones espartaquista y bolchevique tenían publicaciones propias! Y libraban abiertamente una lucha teórica y política en el seno del partido, buscando ganar influencia en la vanguardia y las masas. La idea de que una fracción elabora únicamente textos para un Boletín Interno y que luego de perder una votación se calla, es ajena a la democracia obrera. El centralismo democrático concebido de esta manera es ajeno a nuestra tradición”.

La historia del movimiento obrero moderno (sin la cual la cuestión del partido ni siquiera se plantearía) es la de la lucha por sus reivindicaciones básicas y su agrupamiento social y político independiente, contra la burguesía y en pro de la conquista del poder político. Esa lucha se procesó a través del enfrentamiento entre fracciones, desde sus inicios. Fue la lucha entre Enragés, Égaux y Amis du Peuple, en la Revolución Francesa. La lucha entre alas en la London Corresponding Society, a finales del siglo XVIII, en medio y después de las primeras grandes huelgas obreras, que se prolongaron en la lucha entre partidarios de la fuerza o del ejemplo moral en el movimiento “cartista”. La lucha entre blanquistas, comunistas y las diversas variantes del socialismo utópico o filantrópico-cristiano (que estaba presente en la Liga de los Comunistas, a través de Wilhelm Weitling) en las revoluciones de 1848, de la que da cuenta el capítulo final del Manifiesto Comunista (que critica sin concesiones diversas variantes del socialismo), un documento que testimonia la avanzada lucha de fracciones que ya existía en el movimiento obrero y revolucionario. La lucha más que pública entre marxistas y bakuninistas en la Asociación Internacional de los Trabajadores (I Internacional).

La lucha, también pública (a través de periódicos, revistas, libros, conferencias, etc.) entre revisionistas, reformistas, centristas y revolucionarios en la Segunda Internacional. La más que conocida lucha entre tendencias en la Internacional Comunista, hasta ser ahogada por la burocracia estalinista (lo que condujo, de modo perfectamente lógico, a su disolución). La historia de la IV Internacional es la de la lucha entre sus tendencias desde que Trotsky proclamó su necesidad, en 1933. El trotskismo europeo mantuvo una lucha pública entre tendencias en países bajo ocupación nazi (sin dejar de combatir al nazismo, claro). Desde la posguerra hasta el presente, la IV Internacional ha sido, sobre todo, el teatro de una lucha pública entre tendencias y fracciones. Querer “encajar” o interpretar toda esa historia a través de un “Estatuto”, supuestamente basado en un “modelo” (centralismo democrático) surgido en medio de esa lucha (y, ciertamente, no con esa intención) es como querer meter una tempestad oceánica en una botella.

Los bolcheviques-leninistas son una fracción de la internacional que se construye

Si Trotsky, frente a la tarea de construir la IV Internacional, hubiera propuesto a la vanguardia internacional un estatuto y una autoproclamación (“somos el partido más importante del mundo”) no habría juntado más que una asociación internacional de chupamedias asustados, que no le habría sobrevivido. En lugar de eso, les propuso un programa (el Programa de Transición) y un método: "Los bolchevique-leninistas son una fracción de la Internacional que se construye”, una de cuyas tareas sería “regenerar un nivel histórico más elevado la democracia revolucionaria de la vanguardia proletaria”. Ese es el método que la CRCI buscó recuperar; su recuperación está más planteada todavía ahora, en especial lo del “nivel histórico más elevado”. El desarrollo de la CRCI sufrió de varios problemas, la dificultad, en primer lugar, de mantener publicaciones internacionales regulares e iniciativas sistemáticas, que la llevaron a una crisis política y a un empantanamiento del trabajo internacional. El PO propuso un análisis y una salida para esa crisis, suscitando un debate que concluyó con el alejamiento del PCL italiano, su única sección en un país capitalista (imperialista) desarrollado. Después de un inicio promisorio, cuando disolvió su tendencia internacional (la ITO) en el SU (Secretariado Unificado) para trabajar en la CRCI, el PCL entró en estagnación “nacional”, junto con el resto de la “extrema izquierda” italiana abrigada en la Refundación Comunista (que explotó y casi desapareció), en una crisis que sumó su debilidad teórico/política al sectarismo autoproclamado, y proyectó esos problemas al trabajo internacional, planteando debates interminables e inconsecuentes en las actividades de la CRCI, de las que se transformó en un parásito (pues con nada contribuía con ellas, a no ser con su presencia discutidora).

Permítaseme plantear otro elemento, que a nuestro juicio estuvo y está en el centro de la crisis del trabajo latinoamericano, pero con proyecciones mayores. La organización brasileña (no es preciso subrayar la importancia del Brasil, objetivamente y por su papel – vía gobiernos del PT – en la evolución y el “imaginario” de la izquierda mundial) se retiró de la CRCI inmediatamente después de su fundación, con pretextos formales que no soportaban cualquier análisis (pretendía ser “sección simpatizante”, esto, es, conservar el sello e impedir cualquier trabajo de la CRCI en el país, sin contribuir política, organizativa o financieramente con ella). Esa retirada coincidió con el incremento cualitativo de sus financiamientos estatales, que ya eran importantes, administrados por una fundación privada bautizada con el apellido de su capo indiscutido (¿alguien dijo algo sobre personalismo?), no dejando dudas acerca de quién manda y administra la guita. “Causa Operária” (PCO) inició una trayectoria política aberrante, transformándose en un satélite político cada vez más acentuado de los gobiernos petistas (llegando a defender sus ajustes antiobreros) y del chavismo, y multiplicando las provocaciones contra el PO (que ni vale la pena mencionar o relatar).

La disolución de la organización boliviana (sólo ahora el trabajo comenzó a recomponerse, en el país con la clase obrera probablemente más politizada del planeta) fue atribuida a la muerte prematura y lamentada de su principal dirigente, Juan Pablo Bacherer, pero hubo también otros elementos importantes, en realidad decisivos. Pues parte de esa organización (OT) y, sobre todo, de su periferia militante (que participó en varias reuniones de la CRCI, inclusive antes de su fundación en 2004) se incorporó, en diversos cargos (las conocidas “pegas”), al gobierno de Evo Morales, llegando a ocupar un par de importantes (en realidad, decisivos) cargos ministeriales. Significa que en esos dos países la CRCI fue afectada por la cooptación política (y financiera) y por la integración de sus organizaciones y simpatizantes al Estado. Un elemento que también está presente, según la fracción opositora, en la crisis en curso en el PO.

Ésta dio lugar a reacciones periodístico-políticas, más significativas de los reactivos que de la propia crisis. El POR boliviano se manifestó afirmando que, siendo ambas fracciones partidarias de una Asamblea Constituyente, ambas son igualmente contrarrevolucionarias a los ojos de los únicos trotskistas del planeta (el propio POR), lo que confirma que la actual condición de éste es la de ser una especie de ONG “política” conservadora y museológica que parasita su lejano pasado revolucionario. Pablo Stefanoni, un periodista activo en Bolivia que, según parece, tuvo un breve pasaje por el PO, publicó un artículo cuya subjetividad se expresa en su título: “Matar a Altamira”. Según este, de modo semejante al planteo de la dirección, el PO habría conocido un largo desarrollo autoritario (“personalista”) / sectario, que encontró sus límites en la conquista de posiciones en el movimiento sindical y social y también en el parlamento, que Stefanoni detalla con bastante cuidado, lo que lo puso frente a obligaciones de gestión (parlamentarias y de planes sociales). Le llegó, así, la transición hacia la “edad de la razón”, que no sería otra que la razón “realista” del propio Stefanoni, transformada en razón mayoritaria en el propio PO. Vale, en fin, por las informaciones para los poco informados.

El PTS

El PTS, principal aparcero del PO en el FIT, reaccionó a través de un artículo de dos “sociólogos”, no quedando claro en qué el esclarecimiento de la condición profesional de sus autores influye en el juicio de ese partido. Sobre la propia crisis, el artículo se queda en la vulgaridad periodística (sin ninguna de las virtudes periodísticas de Stefanoni), seguida de una larga contraposición de la actividad del PO con la del PTS, siendo obviamente ésta muy superior a aquella para los sociólogos en cuestión. El artículo concluye con un largo “chivo” comercial de la actividad editorial del PTS (también muy superior a la del PO, claro) sobre los más diversos temas, desde textos clásicos hasta investigaciones de cuño académico/político del propio PTS: sólo falta una lista de precios y de facilidades de formas de pago. El “Nuevo MAS” (creo ser ese) aborda la crisis en un breve artículo en el que explica que el fondo de la crisis del PO se debe a que nunca alcanzó la “universalidad” a la que llegó el bolchevismo en 1917 (por la que todo el mundo, Trotsky incluido, se hizo bolchevique), un concepto de cuño del o los autores que le (o les) permite abordar olímpicamente esta crisis, con una noción que habría sido válida 102 años atrás, en un imperio multinacional y en medio de una guerra mundial, o sea, una huevada tan sublime como pretensiosa e ignorante. Lo que significa que: 1) La “izquierda trotskyzante” porteña es, a pesar de su referencia a Trotsky, un fenómeno de retroceso teórico/ideológico en relación a décadas precedentes; 2) La izquierda argentina, sobre todo desde la constitución del FIT (2011), baila políticamente alrededor del PO, a pesar de todas las críticas faccionales a éste y de “Del Caño Presidente”.

La coordinadora por la refundación de la Cuarta Internacional

Las organizaciones de la CRCI (EEK, DIP, PT), así como grupos en otros países (como la LPS, Luta Pelo Socialismo, del Brasil), se pronunciaron rápidamente en la actual crisis, buscando naturalmente evitar la escisión del PO y ofreciendo su disponibilidad para actuar como instancia conciliadora. Está planteado ir más adelante: la crisis en el PO debe abrir un debate internacional y replantear las condiciones de la lucha por la refundación o reconstrucción de la IV Internacional. Frente al conjunto de las organizaciones nacionales o corrientes internacionales que se reclaman del marxismo, la CRCI conquistó un lugar objetivo: definió un programa, aprobó diversos documentos acerca de la lucha de clases mundial, definiendo las tareas de la vanguardia revolucionaria, intervino en procesos decisivos de lucha (experimentando inclusive, como registramos arriba, retrocesos), evitó el sectarismo autoproclamado tanto como la disolución del marxismo y de la posición clasista en posiciones y políticas democratizantes y/o identitarias, que conducen hacia la integración al Estado, pues éste las absorbió, frecuentemente en el marco de políticas superexplotadoras y represivas. Formuló las condiciones para integrar la lucha contra la opresión étnica, sexual o generacional al combate de todos los explotados contra el imperialismo y el gran capital. Y nunca declaró que, realizando todo eso, había resuelto, siquiera en parte, los problemas de la estructuración política de la vanguardia obrera y combativa, sino apenas abierto un camino a ser recorrido en el marco de “la democracia revolucionaria de la vanguardia proletaria”.

Los problemas de táctica electoral en Argentina suscitaron la crisis y revelaron divergencias estratégicas. Aun así, ellos no pueden ser considerados sólo como proyecciones de cuestiones estratégicas, esto es, carentes de especificidad inmediata. El centro de la crítica de la oposición en el PO es que “la crisis política fue subordinada a las elecciones, y las elecciones a la subordinación de la crítica al gobierno a la crítica al kirchnerismo – convertido en el enemigo electoral principal. Metodológicamente, un revolucionario debe proceder de otra manera: debe convertir el ataque al poder político en el elemento delimitador de las otras fuerzas patronales, que se esfuerzan, sea por pactar con el gobierno o por socorrerlo frente al temor de que se desencadene una lucha de masas… El ángulo de la actual dirección del PO es electoralista, hace abstracción del conjunto del cuadro de poder de la burguesía, para concentrarse en una disputa con el rival electoral inmediato, que por fuerza asume un carácter abstracto, verborrágico, y no una confrontación en una lucha de clases directa”. Política que se proponen criticar y superar desde el interior del Partido Obrero, reivindicando públicamente su derecho a hacerlo, integrándose en lo inmediato a la campaña electoral del FIT-Unidad desde una posición independiente.

Para la CRCI, sus secciones y simpatizantes, así como para toda la izquierda clasista que comprende el alcance de esta crisis y de lo que está en juego en Argentina, está planteada la defensa del derecho de la oposición del PO a constituirse en fracción pública, la organización de un debate internacional, y profundizar las iniciativas y los medios de reagrupamiento de la vanguardia revolucionaria en todos los continentes.

También te puede interesar:
La crisis en el Partido Obrero y la encrucijada de la IV Internacional (I)

Comentarios