Crecen las adhesiones, crecen las expulsiones


Respuesta a los planteos y a las difamaciones del Comité Nacional del Partido Obrero

Mientras se desenvolvía la polémica en el comité nacional y en los boletines internos del Partido Obrero, la mayoría de la dirección justificaba la censura y las exclusiones de los compañeros que desarrollaban críticas y planteos alternativos de los plenarios pre-congresos con el argumento de que debían “formar una tendencia o una fracción”, sin mayores datos acerca de lo que entendían por ello. La ‘sugestión’ venía acompañada, por ejemplo, con la prohibición de que Altamira diera charlas sobre el Cordobazo, y acatara este veto en nombre del ‘centralismo democrático’. Esta mayoría dejaba ver que entendía por ‘tendencia’ o ‘fracción’ la desaparición política de líderes históricos del partido y la confección de un registro público de ‘disidentes`. La rebelión de numerosos comités y militantes contra esta proscripción ha llevado la crisis interna al plano en que se encuentra en la actualidad. El oficialismo partidario ve como una conspiración gestada en las sombras a la rebelión que no para y que alcanza a cerca de mil militantes, sin contar a aquellos que no adhieren a la tendencia que se ha constituido pero defienden la democracia en el Partido Obrero.

Ahora que planteamos la formación de una tendencia al interior del partido, con los derechos que le corresponden, se la califica de “maniobra rupturista”. El oficialismo expone un deseo reprimido, o sea que se rompa el partido para consolidar su control o dominio de aparato. Nuestro manifiesto fundacional dice abiertamente lo contrario. El término de fracción pública lo hemos acuñado para destacar que no aceptamos un debate intramuros, como ocurrió en el último pre-congreso, con proscripciones incluidas, ni la exclusión de la prensa y los plenarios. La “ideología de aparato” del oficialismo es tan grosera que pretendió que un debate sobre la Revolución Cubana sólo tuviera lugar en “los organismos”, sin participación de la izquierda, sea del país o internacional, ni de los historiadores – un caso extraordinario de oscurantismo. En definitiva, el CC le niega a la fracción el mismo derecho que nos cercenaba anteriormente como militantes e incluso como miembros plenos o suplentes del Comité nacional, o sea, a expresar públicamente nuestras posiciones políticas, incluso y principalmente cuando divergen de la llamada ´línea oficial´. Qué hubiera sido de un Mella o de un Mariátegui si sus elaboraciones hubieran sido relegadas a un boletín interno, o incluso de un Lenin, quien de todos modos vio publicado su esbozo de Tesis de Abril, por la dirección de la prensa bolchevique, como “opinión personal”. El CC pretende vedarle al conjunto de los trabajadores y la opinión popular la posibilidad de conocer las polémicas políticas que siempre han envuelto al PO, que en este caso discurre, nada menos, que sobre la etapa política, la estrategia y las consignas que se desprenden de ella, cuestiones cruciales para la orientación y organización de la clase obrera y de la izquierda revolucionaria. Durante décadas el debate pre-congreso fue realizado en charlas públicas. Para el congreso reciente, En Defensa del Marxismo publicó el informe político oficial, pero se negó a hacerlo con el texto alternativo, aunque hubiera sido escrito por el director de la revista y miembro del ejecutivo de la CRCI.

El “centralismo” que le coloca un bozal a la polémica, y confunde a la unidad de acción con la unidad de pensamiento, nada tiene de democrático –es un centralismo de aparato. Pero la acusación a nuestro documento como maniobra rupturista es mucho más que un adjetivo: ha servido de coartada para la política rupturista del CC: en las últimas semanas ha expulsado del PO a centenares de compañeros que suscribieron nuestra posición, en forma sumaria y por instrucciones del aparato – no por resoluciones escritas del Comité Nacional. Como se ve, este comité violenta incluso su propia versión del ‘centralismo democrático’. Con el mismo método de esconder la mano, han sido violentados locales partidarios de comités con una mayoría ‘disidente’, incluida la sustracción de valiosas herramientas de trabajo. Muchos otros compañeros han sido eyectados de sus grupos de WhatsApp, y “desinvitados” a reuniones de círculo. 

El cierre de candidaturas, por otra parte, ha servido para profundizar la purga que se manifestó en CABA con la exclusión de Marcelo Ramal. En Pilar, La Plata y sus alrededores, en Catamarca o Santa Fe, el acuerdo con el MST sirvió de excusa para desplazar de las listas a compañeros que apoyan a “la fracción”. En Catamarca, la primera candidatura le fue cedida al MST, el partido que, en esa provincia, carga con la hipoteca de haber llevado a la intendencia de Andalgalá a un radical que traicionó la lucha antiminera, ¡y que hoy es aliado de Macri! La prodigalidad con el MST ha tenido como contrapartida la exclusión o relegamiento de los compañeros de nuestra tendencia. Los que nos acusan de “antielectoralistas” han boicoteado la participación de numerosísimos militantes de la Tendencia en la campaña electoral, y ahora sabotean las campañas de los candidatos que no han podido excluir de las campañas electorales en varios distritos y provincias. Los partidos que integran el FIT han venido a discutir con nosotros cómo podemos superar este enorme daño político a la campaña. 

Por lo demás, el texto expulsivo de la dirección no contesta a ninguna de las posiciones políticas que nosotros hemos expuesto, primero con el apoyo de 372 adhesiones votadas y ahora con 870. Pero sí abunda en la difamación. Se afirma, por ejemplo, que Altamira habría “decidido ir a las PASO en 2015 a pesar de la opinión contraria de compañeros del Ejecutivo”. Todos los miembros del CEN de entonces (Altamira no pertenecía a él) sabemos que ello no fue así, como lo prueban numerosos artículos de prensa de miembros del oficialismo actual. Tampoco es cierto que eso hubiera ocurrido en las horas previas a la inscripción de listas. Fuimos a las Paso por unanimidad y con el apoyo total de Izquierda Socialista. Abundan, en cambio, los editoriales firmados por miembros de la actual dirección explicando “porqué vamos a las PASO”. Este infundio oculta un método que no es moco de pavo: es necesario conservar el liderazgo a cualquier precio, sin que importe para ello que hayamos ganado o no la supremacía en el terreno político. Desde 2015, el aparato partidario viene perdiendo posiciones en el Frente de Izquierda.


Crisis capitalista y lucha de clases
El texto de la dirección reitera, en el editorial de “Prensa Obrera” que firmaron días atrás Solano y Santos, una cuestión ya señalada por este sector en el debate precongresal. “Una cosa, dicen, es partir de la bancarrota capitalista y otra muy distinta es obviar el desarrollo de la lucha de clases”. Repiten, como un calco, lo que viene diciendo el PTS. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa; la crisis capitalista resulta así una categoría abstracta, porque es inocua para la lucha de clases. En lugar de investigar la relación entre ambas, las desconectan. La lucha de clases ha recorrido la historia de la humanidad, las crisis capitalistas son un fenómeno específico de la sociedad actual, y se distinguen entre ellas, según su alcance y el período que tienen lugar – por ejemplo, en la época de ascenso capitalista o en su decadencia.

La crisis capitalista como algo separado de la lucha de clases, o sea como una abstracción sin contenido, es el punto de partida metodológico del reformismo y del centrismo - “siempre que llovió, paró”. Son la expresión de un sistema que gira sobre sí mismo; abandonemos entonces objetivos mesiánicos y acumulemos la mayor cantidad posible de bancas. Los modestos progresos parlamentarios del FIT, han trastornado la cabeza y por sobre todo las aspiraciones de más de uno. Se presenta una ´separación´ ajena al marxismo, quien caracteriza a la crisis como la culminación transicional de las contradicciones del sistema capitalista, que se desarrollan en forma de espiral. La construcción política socialista, es decir revolucionaria, debe desarrollarse sobre esta base histórica. Desconectar la tendencia a la explosión histórica de las contradicciones capitalistas de la lucha de clases que tiene como base al capitalismo, es vivir en babia, en un gabinete académico o en el parlamento. 

Las crisis capitalistas, incluso las más severas de ellas, son por otra parte ‘elásticas’, pues dependen de la política, o sea de la capacidad de rescate del Estado, y de la calidad de la organización y de la dirección del proletariado. Son la forma alienada de un conflicto entre clases sociales vivientes, no una momificación estadística. La bancarrota del capital es siempre la quiebra del régimen social que vive de la apropiación del trabajo ajeno, o sea de una quiebra en las relaciones entre los capitalistas, de un lado, y los obreros, del otro – no es una caída del PBI, ni un déficit del balance de pagos. La bancarrota capitalista, por lo tanto, acentúa los antagonismos sociales, que son la base de una “lucha de clases”. El triunfo de una clase sobre otra puede determinar la evolución específica de una crisis determinada, de ningún modo la tendencia histórica de un régimen social, en este caso el capitalismo en declinación. 

La crisis capitalista como una “categoría económica” sólo describe su carácter cíclico, no la tendencia histórica del capital, que ha sido caracterizada, desde el Manifiesto del Partido Comunista, como cada vez más explosiva, como la manifestación irrevocable de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas, de una parte, y las relaciones de producción de otra. Este es el asiento histórico del desenvolvimiento de las luchas obreras, de la organización de la clase obrera y de la consciencia de clase del proletariado. 
El PTS ha tomado de otros el concepto “crisis orgánica” y del estancamiento secular, para llevarlo más a la derecha que sus predecesores. La “crisis orgánica” pretende un impasse histórico haciendo abstracción de la crisis de dirección del proletariado. No es casual que aparezca en un período de crisis capitalista colosal, por un lado, y de las mayores traiciones del stalinismo, por el otro. En lugar de denunciar la degeneración de la Internacional Comunista, el centrismo de ese período justificó ese impasse en la tesis de que “lo nuevo no alcanza a nacer” y en la especulación sobre “partidos de nuevo tipo”, sin abandonar el “socialismo en un solo país” y rechazar la tesis de la “revolución permanente”. No es casual que el mismo PTS salude ahora el viraje del oficialismo de nuestro partido en esta cuestión vital, al señalar que se “ha matizado aquel tipo de catastrofismo” (LID, Maiello y Scholnik, “A propósito de la crisis del PO”). 

La crisis capitalista, como una consecuencia de la lucha de clases, no solamente como ‘causa’ de ella, tiene una monumental expresión en el balance de la experiencia macrista. El oficialismo ‘anti-economicista’ presenta el derrumbe del plan del macrismo como un resultado de “la bancarrota capitalista internacional, signada por la acentuación de la guerra comercial, la fuga de capitales desde los países periféricos a las metrópolis, y el cuadro de insolvencia del Estado argentino, lo que redundó en un alza significativa de su riesgo país”. Pero el derrumbe de “Cambiemos” no fue una determinación económica fatalista o una nota de las calificadoras de riesgo, más bien ocurrió lo contrario. Tuvo lugar bajo la presión de las jornadas del 14 y 18 de diciembre contra la reforma jubilatoria. 

Los anuncios de “recalibramiento” monetario inmediatamente posteriores al 14 y al 18D, fueron anómalos desde el punto de vista financiero, porque apuntaron a un reducción de la tasa de interés, exactamente en el momento que subían los intereses del bono a diez del Tesoro norteamericano. Caputo le impuso a Sturzenegger la rebaja de intereses con la finalidad de aflojar la crisis industrial y estimular exportaciones, y detener de este modo una perspectiva de luchas mayores. Lo que obtuvo fue fuga de capitales, mega devaluación, espiral inflacionaria y, al final, tasas de interés confiscatorias y un fin de semana de desgobierno en Olivos. Es claro que el oficialismo partidario no tiene la menor idea de la relación entre la bancarrota económica y la lucha de clases, sino simplemente con lo que ocurre en el país. 

No hay necesidad de leer los textos derrotistas de la actual dirección del PO para saber que la lucha obrera, desde entonces, transcurre entre batallas aisladas, algunas encarnizadas, derrotas y concesiones parciales. Sea como fuere, de la rebelión docente en Chaco a Unilever Gualecuaychú, la empresa de las ‘mielcitas’, la minera Aguilar, Sutna, frigoríficos, Metrovías, los piquetes de los compañeros sin trabajo, “pasa de todo” –Argentina ocupa el primer lugar del ranking de “conflictividad social”. 

Ningún partidario revolucionario se puede permitir relegar esta agenda en su agitación política y en sus planteos de conjunto, en especial en una campaña electoral. “La política”, cumpas, “es economía concentrada”, advirtió el Toscanini de la Revolución Mundial. Separar la “bancarrota económica” de la lucha de clases sólo pueden ofrecer empirismo y una corrida detrás de los acontecimientos. Frente a las críticas, los oficialistas se escudan en la tesis del “partido de combate”, como si al músculo no lo guiara el cerebro. “Sin teoría revolucionaria”, somos felices en recordarlo, “no hay organización revolucionaria”. Para que el “partido de combate” no se convierta en ‘combate de partido’ es necesaria una vanguardia obrera formada en el programa y en la teoría. Sin esto “el partido de combate” es foquismo y putschismo, como ocurrió en la III Internacional, bajo la dirección de Zinoviev primero y Stalin después. Reivindicar la “unidad como un solo puño” para iniciar la campaña electoral e ignorar los ‘’spots’, demuestra que el aparatismo ha hecho perder al oficialismo el sentido del ridículo. 

En el colmo de la mediocridad política, el oficialismo denuncia que Altamira se dedica a “explicar la crisis” porque “le gusta dar charlas”. ¿Una razón para prohibirlas? Está estadísticamente comprobado que las charlas de Altamira han reclutado más jóvenes, mujeres y obreros que toda la dirección oficialista junta. Ni qué decir de las intervenciones en actos públicos y en el cierre de la manifestación por el asesinato de nuestro compañero Mariano Ferreyra.


Consignas y qué significa una etapa política
En otro operativo de falsificación política, el oficialismo nos endilga que “ahora de acuerdo al manifiesto de la fracción, durante las elecciones sería lícito intercambiar Fuera Macri con [la consigna] ´Contra el gobierno entreguista y los partidos entreguistas del capital´”. Añade que el planteo de “Fuera Macri” habría sido durante todo este tiempo un mero “capricho personal” (sic). 

El debate sobre las consignas para el actual período político no arrancó, sin embargo, con el cronograma electoral. Hace ya un año y dos meses, cuando colapsó el gobierno macrista, Altamira planteó en el CC la necesidad de desarrollar una agitación política y un debate en el movimiento obrero, con una consigna de poder. El CC lo rechazó durante los tres meses más violentos de la crisis, luego lo aceptó como una salida de “compromiso”, más tarde lo archivó y por último lo puso en la tapa del periódico cada vez que había una corrida cambiaria (Los mismos que nos impugnan por ‘economicismo’). El oportunismo, por definición, carece de principios. El argumento de entonces como el de ahora, era que un planteo de impugnación al macrismo, era funcional al kirchnerismo - ¡convertido en ‘enemigo principal’! - y sin que importe si ello era ‘funcional’ al macrismo. Señalemos, para el caso, que el oficialismo ha abandonado en la práctica y rechazado en los pasillos, el rechazo a las detenciones preventivas indiscriminadas de ex funcionarios y dirigentes políticos y sociales. Las preventivas son un método de coacción al igual que el “arrepentimiento”, figura legal que el FIT ha rechazado en el Congreso repetidamente. El sector que ridiculiza las charlas y evita destacar el fundamento ‘teórico’ del PO, ignora que el método de la diferenciación política con los partidos capitalistas, arranca con la posición de cada uno sobre el poder político y el gobierno de turno. En tanto el PO enfrenta a Macri en nombre de una Constituyente y un Gobierno de Trabajadores, los K, por caso, lo hacen “defendiendo la institucionalidad” y la integralidad del estado capitalista. El ‘método’ de diferenciación que consiste en enumerar a todos los adversarios (abajo Macri, los gobernadores e intendentes del ajuste, los socialistas de Santa Fe, la burocracia sindical, Espert, etc) no solamente es una demostración de grosería, sino de ignorancia y de auto proclamación rayana con el proselitismo evangélico. Los trabajadores se emanciparán de la influencia de los partidos patronales a través de una experiencia de lucha política y la acción de su vanguardia, de ningún modo por medio de una propaganda auto referencial. 

Hace un año, de todos modos, la agenda electoral, la defendían quienes querían evitar una caída del gobierno. Que en esas circunstancias la mayoría de la dirección impugnara “Fuera Macri, Constituyente Soberana, Gobierno de Trabajadores”, con el pretexto de que sería absolver al kirchnerismo, revela, en primer lugar, un desprecio de la crisis, y el afán electoralista. Ahora, cuando la campaña electoral existe como tal, nos imputan de levantar consignas “permanentes, en cualquier momento y circunstancia”, en este caso, el llamado a una Asamblea constituyente soberana y con poder, y Gobierno de Trabajadores. ¿Pero acaso el episodio electoral ha cambiado el carácter del período? ¿La crisis financiera e industrial se ha revertido, o se ha detenido la desvalorización del salario, los despidos y la pauperización de las clases medias? ¿Se ha superado, acaso, la crisis política, cuando los vaivenes en la intención de voto son acompañados por ‘dolarización de carteras’ y una amenaza de retiro del rescate, por parte del FMI? Una derrota de F-F, ¿no abriría una crisis espectacular en el peronismo y en la burocracia, y una quiebra de expectativas electorales en las masas? La calificadora Moody’s ha mencionado algunos de estos factores para bajar la calidad de deuda de Argentina. Las elecciones tienen lugar bajo la tutela política del FMI, lo que implica un giro estructural en el régimen político. El oficialismo partidario propone que no usemos las oportunidades que ofrece la campaña electoral parar hacer propaganda revolucionaria. Este electorerismo es la base política del FIT-U.


Del “ascenso de la izquierda” a “Altamira escribió un libro”
Todavía durante el periodo precongresal, advertimos por escrito contra el intento de sustituir la agenda política del Congreso por un torneo de difamaciones y provocaciones, como lo venían incitando los textos en BI de los líderes del oficialismo y de los secuaces que se les sumaron. Lo mismo vuelve a ocurrir con el documento reciente del CC en lo que se refiere al FIT. (Las voces de mando del CC todavía le deben al partido alguna opinión sobre los textos de hace cuatro años sobre la Revolución Cubana – ¿o no corresponde a “un partido de combate”, que va a elecciones “con un solo puño”?). 

Los epígonos dicen ahora que “para Altamira, el FIT fue progresivo mientras fue candidato; ahora que no lo es, lo ataca”. No se puede dejar de señalar cómo la chicana de las campañas electorales ha penetrado en el lenguaje ¿”inclusivo”? de los oficialistas Los detractores han olvidado que Altamira señaló las limitaciones políticas con las que debutaba el FIT desde el inicio y lo caracterizó, en nuestra prensa, como “un frente oportunista”, en abril de 2011, o sea, cuando él “era candidato”. Aludía de este modo a que el Frente era fruto de un compromiso entre corrientes con divergencias políticas profundas. El compañero actuó en línea con lo mejor de la tradición histórica del partido – los frentes con el método de la claridad. 

Desde entonces han transcurrido 8 años. En ese tiempo los oficialistas se han convertido en defensores sin principios del frentismo, porque ahora lo apoyan por “su longevidad en sí misma” (sic). Un frente electoral que reivindica la ‘longevidad’, reivindica, sin ambages la ‘longevidad’ de la democracia burguesa y convierte a sus candidatos con posibilidades de ingresar al parlamento en vitalicios. A la luz de estas declaraciones, cobra una importancia gigantesca una divergencia soterrada en la dirección del Partido Obrero, entre quien defendía un método “estratégico de dirección” y otro que abogaba por el “administrativo” (no hace falta poner nombres a quienes estaban de un lado y del otro). La diferencia entre un método político de dirección y un método de aparato. La ‘longevidad’ que adoran nuestros detractores contrasta con las riñas, diatribas e insultos que han ido socavando la autoridad del Frente de Izquierda. 

Siempre hemos colocado la necesidad de que el FIT actuara como un frente único de clase en todos los planos, algo que no ocurrió; que integrara, como parte de esa actuación común, bloques parlamentarios únicos, lo que tampoco ocurrió; que actuara de un modo sistemático en los diferentes episodios de la crisis política, lo que fue bloqueado por todo tipo de disputas faccionales. ¿Alguien puede pensar seriamente que todo esto no ha afectado al FIT y a sus posibilidades revolucionarias o incluso electorales? Este señalamiento, que Altamira formuló en su balance sobre Córdoba, fue caracterizado por la dirección del PO como “un ataque al Partido Obrero y al FIT”, delatando una defensa sin principios del frentismo con organizaciones democratizantes. Esa orientación se ha ratificado cuando, en el acuerdo con el MST –FIT-U- hemos aceptado que éstos filtraran una línea de rescate del capital –“créditos baratos” – y frentepopulista –“gobierno de trabajadores y el pueblo”. La Constituyente Soberana y el Gobierno de Trabajadores, como lo establece su programa sin mayor elaboración, están ausentes de la campaña electoral. 

La dirección del PO se aferra a la “longevidad” del FIT-U con una ingenuidad que conmueve, porque no advierte que la supervivencia por si misma por sí misma no es creatividad sino parasitismo. La “longevidad” del PJ y de la UCR, mucho mayor, los ha convertido en cadáveres insepultos. Las condiciones vitales (no las longevas) que hicieron emerger al Frente de Izquierda están condensadas en el libro “El ascenso de la izquierda”, una compilación de materiales políticos, en gran parte redactados por Altamira pero también por otros dirigentes del PO (Ramal escribió el prólogo). Esos materiales dan cuenta de aquellas batallas políticas de 2010-2011 que colocaron al FIT como referencia político electoral para un sector de la clase obrera y los luchadores. La tenaz lucha que esa vanguardia, que emergió en los años del Argentinazo, libró en todos los planos durante los diez años de gobierno K, que dio lugar nuevas direcciones obreras, en el estudiantado y en todos los terrenos de la lucha de clases. El punto más alto de ese proceso fue el movimiento de lucha por el enjuiciamiento y castigo a los asesinos de Mariano Ferreyra. Es esa tendencia profunda la que subyace en el ascenso del FIT en 2011-2013. Pero las condiciones históricas de ese ascenso no han sido canceladas: lo demuestra, por caso, la enorme victoria alcanzada en el SUTNA en 2016, ya cuando el kirchnerismo fungía como “opositor”; las ocupaciones de fábrica lideradas por el clasismo bajo el gobierno de Macri; o la defensa de los SUTEBAs combativos en este mismo período. Las direcciones del FIT las están malversando. 

La dirección del PO ha ‘explicado’ los recientes retrocesos electorales del FIT por el “sometimiento (de los trabajadores) a los partidos capitalistas”. ‘Los obreros se merecen lo que les ocurre, no advierten lo que les decimos’. Son los mismos trabajadores, sin embargo, que votaron en masa al FIT en numerosos distritos – Salta, Mendoza, Jujuy, Córdoba, Santa Cruz, Neuquén. Un dirigente del PTS califica ahora a esos resultados como un ‘tiro de suerte’. Si tal fuera el caso, el FIT sería un jugador de casino, pues rechaza la posibilidad de un período revolucionario y se limita a acertar el ruedo de los dados. Quienes se lamentan de la “regresión política de la clase” se dirigieron a ella pidiendo el voto para “que la izquierda esté”. No sorprende, entonces, que a la hora de referirse a “El ascenso de la izquierda”, el CC se desentienda de sus conclusiones políticas: “En 2011 –dicen- Altamira escribió un libro”.(¡) De este modo, la dirección convierte a un patrimonio colectivo en una veleidad personal. En aquel tiempo el PTS también sacó un libro: “La Argentina Kirchnerista”, que aseguraba que los K habían “ganado la batalla cultural”, o sea que había gobierno K para rato. No quedó ni para una candidatura presidencial. “El ascenso de la izquierda” se encuentra comprometido por la deriva electorera que se afianzó en el FIT y por la política de liquidación del PO, por parte del oficialismo, contra el cual se han rebelado, hasta ahora, cerca de mil militantes. 

El oficialismo se demarca de una transición histórica más amplia. En 2009, una conferencia sindical planteó que la vanguardia obrera inauguraba “un nuevo comienzo”, luego de la derrota del período histórico abierto por el Cordobazo. En lugar de esto asistimos a la expulsión de los principales cuadros obreros del último tiempo y a una completa falta de orientación para el Sutna – el mayor baluarte obrero conquistado por su vanguardia. El formato electorero del FIT, es muy estrecho para esa vanguardia, incluidos los docentes clasistas.


Parlamentarismo revolucionario y no revolucionario
Después de un largo párrafo de autombombo sobre nuestro trabajo parlamentario, el documento del CC vuelve a reivindicar, por caso, haber propuesto una entente con bloques patronales para pedir el juicio político a Vidal, o votar en favor de una ley que faculte al “Estado responsable” de la violencia contra la mujer a la capacitación en asuntos de género. Ahora la dirección invoca como coartada que “nadie puede pensar que los restantes partidos hubieran aceptado jamás el juicio político a Vidal”. Pero en ese caso, la agitación por el juicio político fue un gigantesco engaño a las masas –se les ofreció un camino sin salida. Este episodio vergonzoso fue provocado por el afán de protagonismo electoral a cualquier precio. Su protagonista , Guillermo Kane, se afanó luego en bloquear la recolección de avales para la lista del partido en ATE Legislatura, debido a su integración no oficialista, la que, de todos modos, impuso su presentación y gané el sindicato legislativo contra todas las corrientes adversarias juntas. Con estos antecedentes fue, sin embargo, ‘premiado’ con una nueva candidatura, por parte de la fracción que organizó un voto en bloque a favor del oficialismo en el último Conngreso. Desconocida para el partido han sido las vacilaciones del CC, hace dos años, en relación al proyecto de “inhabilidad moral” de De Vido, presentado por Elisa Carrió, para apoyar la campaña electoral de Macri. Los mismos cabildeos tuvieron IS y el PTS. La vacilación fue resuelta por una intervención de Altamira. Todo el FIT acabó votando en contra.

El texto del CC “hace memoria” sobre la gran lucha del subte… sólo para ensuciar nuestra historia. Presenta nuestra batalla política por las seis horas como un accidente –“un proyecto presentado de apuro, para competir con el que había presentado un peronista”; el proyecto, que tampoco era peronista, contemplaba una reducción salarial y estaba muerto en el archivo. A renglón siguiente, los “enemigos del personalismo” se apresuran a aclarar que nuestro proyecto fue “redactado por NP, entonces asesor de Altamira”- un secreto guardado durante dos décadas. Pitrola y compañía emprenden ahora una operación que intentó hace quince años Beto Pianelli, quien súbitamente se convirtió en responsable de esa conquista, para asegurar su pasaje al kirchnerismo.

El protagonista fundamental no fue Pianelli ni menos Pitrola, sino Charly Pérez, militante del partido y delegado del taller Rancagua. En medio de un manifiesto reflujo en el subte, Charly avizoró que la nueva generación del subte andaba con ansias de pelea, en choque con los planteos de los delegados que, como él mismo, venían del morenismo. Ganó a Altamira a esa caracterización, lo que dio inició a reuniones y plenarios con trabajadores y al inicio de una campaña de reivindicaciones parciales, incluso en la Legislatura – que llegó a sacar una solicitada en favor de ellas. Altamira, por otro lado, ingresó a la Legislatura con el planteo de que sus proyectos de leyes los redactarían los propios trabajadores, lo cual ocurrió sistemáticamente, por ejemplo con médicos y enfermeras, para la Comisión de Salud. El propósito era demostrar que los obreros pueden gobernar. El Argentinazo modificó favorablemente toda esta acción política. Aquí estamos discutiendo la letra de un proyecto de ley sino una estrategia socialista en el parlamento. Fue Charly quien advirtió que las seis horas podía constituir un gran eje para desarrollar una lucha general, y que la participación del PO en la legislatura podía quebrar el bloqueo de la burocracia de UTA. 

La presentación del proyecto fue precedida por reuniones con activistas de las líneas, con la participación de Altamira y los compañeros del frente legislativo. La lucha de las seis horas enseñó cómo se enfrentan los ‘reflujos’, o sea con una política. A partir de cierta maduración la lucha parlamentaria se convirtió en extra parlamentaria, e incluso atrajo recién el interés tardío de otros sectores de izquierda. El proyecto de seis horas no fue un ejemplo de “propositivismo” parlamentario, sino exactamente de lo contrario, porque fue preparado por la propia clase y su vanguardia y careció de objetivos de protagonismo personal. A través de una experiencia colosal, los obreros recorrieron –junto al PO– los límites insuperables del parlamentarismo burgués, que se pusieron de manifiesto con el veto a la ley aprobada. Esa experiencia preparó las condiciones para la huelga general que, en 2003, arrancaría la jornada de seis horas. Esta lucha elevó el prestigio de Altamira y del PO, porque demostramos cómo es, cómo funciona y qué resultados provee un parlamentarismo revolucionario. En la sesión de final de mandato, la UCD denunció a Altamira por su actividad “subversiva en las instituciones del Estado”, en contraste con “la colaboración prestada por Vilma Ripoll y Patricio Echegaray”. Contra los calumniadores empeñados en liquidar al Partido Obrero, decimos que Jorge recorrió por abajo las líneas y talleres del subte, con una comisión de diputados de todos los bloques, como fuera votado en la Comisión de Legislación del Trabajo, en la Legislatura. “


Régimen interno, centralismo y tendencia pública
La actual dirección del PO exige el “acatamiento” a un Congreso del Partido Obrero al cual califica de “ejemplar”, y citan como ejemplo las ´centenares de minutas´ publicadas”. 

También en este punto, el kilometraje de caracteres encubre un proceso por completo irregular, que denunciamos en nuestro manifiesto y, por supuesto, no ha sido respondido. El documento político inicial fue distribuido a los miembros del CC con dos días de antelación a su debate y luego se votó sumariamente, a pesar del pedido de Altamira de que se abriera un período de discusión de solamente una semana con aportes por escrito. Durante el debate sumario se descubrió que el documento presentado por el ejecutivo no era el que correspondía, con lo que el Congreso fue convocado por medio de una discusión que duró entre tres horas y siete horas. Fue este procedimiento sumario (algunos miembros del Cen se iban de vacaciones) el que precipitó el “documento alternativo” de Jorge, que se presentó al día siguiente pero se rechazó imprimir. Las participaciones de los opositores del CC en plenarios precongresales fueron ultrarrestringidas sin anunciarlo y quedaron nulas; varios miembros del aparato pero no del CC fueron designados para dar los informes. Todo esto lo llevó adelante el ejecutivo, no el CC. El voto de los documentos en los plenarios y la elección de delegados tuvieron lugar bajo una intensa presión de parte de informantes que consumían todo el tiempo, y difamaban a los adversarios ausentes, y dejaban cuatro minutos para la intervención de los asistentes. El Congreso arrancó con una gigantesca provocación lanzada desde la Comisión de Control –la difusión de mails arrancados en base a prácticas de espionaje. En un cinismo difícil de superar, el texto del CC le atribuye la difusión de esos mails en el Congreso…al propio Ramal, que “precipitó los hechos al reclamar un tribunal”. Ramal, sencillamente, salió al cruce de las acusaciones repetidas, pero a la vez veladas, por parte de todos los miembros de la Comisión de Control, en el transcurso de un informe que duró una hora y media. A Altamira se le negó el derecho a réplica a las difamaciones, alegando que pondría en peligro al Congreso que había tomado un tiempo sin precedentes para calumniar a quienes no comulgaban con el aparato. Todo el Congreso fue atravesado por el clima de acusaciones reiteradas e infundadas, nada tuvo de “ejemplar”.

Nuestra conducta, en este cuadro, no fue la de impugnar el Congreso, sopesando la gravedad de esa decisión. Optamos, en cambio, por la constitución de una tendencia de carácter público, o sea, con derecho a expresar nuestros planteamientos al conjunto de los trabajadores, y en el marco de la unidad de acción. El Congreso nos permitió medir, sin embargo, si se reunían las condiciones de madurez entre los delegados, para encarar la formación de una corriente políticamente responsable. El aluvión de adhesiones posteriores confirmó lo correcto de nuestra apreciación de la situación real del partido, no la que emerge del prisma del aparato. Nada de esto ha sido desmentido, ni en los hechos ni por escrito. Los militantes de “la fracción” han llevado adelante sus tareas en los frentes de masas donde actúan, de acuerdo a lo resuelto en sus agrupaciones; han militado por las tareas resueltas en el XXVI, en primer lugar, el apoyar el voto al FIT-U, con independencia de su programa y del carácter de su campaña. Altamira convocó, por los medios de comunicación, al voto al FIT en todas las elecciones provinciales. En un programa donde Ramal llamó a votar al FIT, el periodista le señaló que ello implicaba “votar por quienes los espiaron y les cambiaron las cerraduras a los locales”. “Nuestro enemigo son los partidos capitalistas, nuestro voto al FIT-U es incondicional”, respondió Ramal. El límite de esta unidad de acción no ha sido puesto por nosotros sino por la política rupturista de la dirección, excluyéndonos como candidatos; bajando a compañeros ya inscriptos en las listas, como la candidata a intendente de Luján y, desde luego, expulsando a centenares de compañeros por haber suscripto el manifiesto de la fracción. 

Se nos reprocha haber reclamado que se vaya Macri y se convoque a una Constituyente. Pues bien: el manifiesto aprobado en el 26 Congreso del PO plantea “echar a Macri y a los gobernadores, mediante una acción histórica de la clase obrera, y que una Asamblea Constituyente libre y soberana se haga de la suma del poder político del país”. O sea que es el oficialismo quien rompe con el Congreso del partido; para el oficialismo, el Congreso no es un mandato sino una carta en blanco para hacer lo que le venga en gana. La dificultad que presenta la lucha política contra un oportunista es el carácter siempre cambiante de sus posiciones. La última censura a una nota de Altamira tuvo lugar después del XXVI Congreso, en un artículo que reivindicaba la “Constituyente como revocatoria de todos los poderes establecidos”. 72 horas después de la censura, una nota de Pablo Heller concluía… con esa misma consigna. ¿No es claro que nos enfrentamos a un aparato? La formación de una tendencia pública, en estas condiciones, es un deber y una obligación, porque la política y método de aparato es liquidacionista del Partido Obrero. El pronunciamiento de alrededor de mil militantes demuestra que la salud revolucionaria de nuestro partido sigue intacta – e incluso ha madurado. El reconocimiento de la Tendencia es una obligación de la dirección del PO, a la que debe reconocer espacios de acción y recursos materiales. Nuestra tendencia seguirá reclamando la investigación del espionaje y la sanción a los responsables. La función policial es incompatible con la pertenencia al Partido Obrero. 

Nos acusan de querer “constituir otro partido dentro del partido”. No: “otro partido” es otro programa, otra estrategia, nosotros defendemos la que sostuvimos durante cinco décadas. Con el derecho a expresar abiertamente nuestros planteamientos, a formar miles de obreros revolucionarios.


Por el reconocimiento de la tendencia pública del Partido Obrero

Jorge Altamira, Marcelo Ramal, Daniel Blanco, Juan Ferro, Julio Quintana, Pablo Busch, Pablo Viñas, Olga Viglieca, Eva Gutiérrez, Mariano Hermida, Jorgelina Signa, Germán Lavini, Juan Cruz Mondino, Gabriela Jorge, Violeta Gil, Jacyn, Iñaki Aldasoro, Eduardo Molina

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